Guía de viaje y gastronomía de Praga
Praga parece un decorado y come como un caserío. Las agujas góticas, las fachadas barrocas y un río lleno de puentes le dan su fama de postal, pero la textura del día a día es más cálida y más sencilla que eso: tabernas con olor a cerveza, knedlíky bajo una salsa espesa y una cerveza servida con más cuidado del que casi ningún país dedica al vino. Se ha convertido en uno de los destinos europeos que más suben en interés, y con motivo: se recorre a pie, sigue teniendo precios notablemente más bajos que las capitales de Europa occidental y los barrios que rodean el núcleo turístico recompensan a quien esté dispuesto a caminar quince minutos más.
Qué comer
La cocina checa es una cocina de clima frío construida sobre el cerdo, el pan, las hortalizas de raíz y los guisos largos, con los knedlíky ocupando el sitio de la patata o el arroz. Es contundente más que picante, y está pensada para comerse con cerveza. Algunas cosas que buscar:
- Svíčková na smetaně: el svíčková es solomillo de ternera bajo una salsa sedosa de hortalizas de raíz y nata, con knedlíky de pan, una cucharada de arándano rojo y un rizo de nata montada. Es el plato nacional de domingo.
- Guláš: el guláš checo es más espeso y más oscuro que el húngaro, más guiso que sopa, casi siempre de ternera con cebolla y servido con knedlíky o pan negro.
- Vepřo-knedlo-zelo: cerdo asado, knedlíky y col guisada, el plato más simple y más querido del país.
- Smažený sýr: una loncha gruesa de queso rebozado y frito con salsa tártara, que se vende en tabernas y ventanillas de calle y despierta un cariño genuino.
- Chlebíčky: canapés abiertos sobre una rodaja de pan, montados con ensaladilla, jamón, huevo o rosbif, que se compran por unidad en las charcuterías llamadas lahůdky.
- Koláče: bollos redondos y blandos con un hoyuelo de semilla de amapola, ciruela o requesón dulce, un dulce checo de verdad que se encuentra en panaderías y no en los puestos turísticos.
- Trdelník: merece mención sobre todo para que sepas lo que no es. El rollo de masa en espiral que se vende por toda la Ciudad Vieja es un invento para turistas, no un dulce tradicional checo. Cómete uno si te apetece, pero no lo confundas con patrimonio local.
La cerveza merece párrafo propio. La pilsner se inventó en Bohemia en 1842 y el país sigue estando entre los de mayor consumo por persona del mundo. El sitio donde beberla es una hospoda, una taberna llana de barrio donde te sientas en mesas compartidas y donde te van apareciendo jarras nuevas hasta que pones el posavasos encima de la tuya. Busca tankové pivo, cerveza sin pasteurizar que llega en cisterna y se sirve a los pocos días: más suave, más redonda y bastante mejor que la embotellada. También hay formas de pedirla: una hladinka es el tirado estándar con su espuma cremosa, y un mlíko es un vaso de espuma casi pura que sabe más dulce de lo que parece.
Dónde y cómo comer
La ciudad se divide con claridad por ambiente:
- Ciudad Vieja y Malá Strana: preciosas, y con precios acordes. Bien para una comida con vistas, pero aquí las cartas están traducidas, fotografiadas y dirigidas de lleno al visitante.
- Vinohrady y Žižkov: barrios residenciales a un tranvía corto hacia el este, llenos de tabernas de verdad, bistrós y panaderías donde la sala es mayoritariamente checa.
- Karlín y Holešovice: antiguas zonas industriales reconvertidas en mercados gastronómicos, cafés de especialidad y cocina checa moderna.
- Cualquier hospoda: la taberna de barrio es la institución real. El menú del día, polední menu, ofrece sopa y principal entre semana a una fracción de lo que costaría en Europa occidental.
- Charcuterías y panaderías: un mostrador de pie con chlebíčky y un café es la mejor comida barata de la ciudad.
Un aviso que a los lectores del sur de Europa nos ahorra disgustos: aquí se come y se cena mucho antes. La comida fuerte del día es al mediodía, la cena se hace entre las seis y las ocho, y en muchas cocinas de barrio la última comanda entra hacia las nueve. Si llegas a las diez de la noche buscando cenar, te quedarán los sitios turísticos del centro y poco más. Ajusta el reloj el primer día y come donde comen ellos.
Cuanto más te alejas del centro, más probable es que los platos del día estén escritos con tiza en una pizarra solo en checo, sin una palabra en otro idioma a la vista. Fotografiar esa pizarra para traducirla es lo que te lleva al guiso que están comiendo los habituales en vez de al escalope seguro de la carta impresa.
Cuándo ir
La primavera y el principio del otoño son el punto dulce: días templados, luz larga sobre el río y jardines abiertos en Petřín y en los alrededores del castillo. De mayo a junio y de septiembre a principios de octubre dan el mejor equilibrio entre tiempo y multitudes manejables. Julio y agosto son calurosos, concurridos y con todo lleno, aunque las terrazas cerveceras están en su mejor momento. El invierno es frío y gris pero genuinamente atmosférico, y los mercados de Navidad de la Plaza de la Ciudad Vieja y la plaza de Wenceslao funcionan desde finales de noviembre hasta principios de enero, con vino caliente, salchicha a la brasa y humo de trdelník por todas partes. Si vienes por los mercados navideños, ten en cuenta que abren de día y cierran temprano, y que el frío es seco pero serio: guantes y calzado impermeable, no solo abrigo. La Semana Santa trae una segunda ronda de mercados, más pequeña, con huevos pintados y varas de sauce trenzadas en cada esquina.
Conviene saber
La moneda es la corona checa (CZK), no el euro. Chequia está en la Unión Europea pero ha conservado su moneda, y los comercios que aceptan euros aplican tipos malos. Paga en coronas, y si un datáfono te ofrece cobrarte en tu moneda, recházalo y elige coronas.
La propina ronda el diez por ciento, y lo normal es redondear diciendo el total al camarero mientras le pagas, en vez de dejar monedas sobre la mesa. Mira antes la cuenta: algunos restaurantes del centro ya añaden un cargo por servicio.
El transporte público es excelente y barato: tres líneas de metro y una red densa de tranvías que funciona toda la noche con rutas nocturnas propias. Valida el billete en la máquina amarilla al subir, porque los revisores son frecuentes y la multa se paga en el acto.
Praga es una ciudad segura para pasear, incluso de noche y en solitario, y el riesgo real no es la violencia sino el bolsillo: carteristas en los tranvías turísticos, en el Puente de Carlos y en los andenes del metro a la salida de los partidos. Bolso delante y móvil guardado bastan.
Hay dos trampas que conviene nombrar. Las casas de cambio de la Ciudad Vieja y de la plaza de Wenceslao anuncian tipos atractivos que se evaporan al aplicar la comisión; usa un cajero de banco y rechaza la conversión que te propone la propia máquina. Y evita parar taxis por la calle junto a los monumentos, donde los taxímetros tienen tendencia a inflarse. Pide por aplicación o que te llamen uno desde el restaurante.
El agua del grifo es potable, aunque en los restaurantes te intentarán vender embotellada por defecto. Di dobrý den al entrar en una tienda y na shledanou al salir; aquí se espera.